Convivencia Juvenil 2018

ConvivenciaJuvenil Parroquial 2018

Tendrá lugar desde los días 12, 13 y 14 de Enero de 2017. Comenzamos la convivencia el viernes con la oración del Obispo que tendrá lugar en Getafe a las 22.00.

Al regreso de la oración ya dormimos en la parroquia y terminamos el domingo después de comer.

El Viernes quedamos en la parroquia a las 19.00 nos instalaremos y comeremos algo todos juntos poniendo en común lo que traigamos cada uno antes de irnos a la oración del Obispo.

El precio de la actividad es de 10 €. Incluye desayuno y comida del sábado y el domingo.

Sólo tienen que traer la cena del sábado y algo para compartir el viernes por la tarde antes de irnos a la oración del Obispo.

Imprescindible el saco de dormir, aislante o esterilla y una manta finita por si hiciera falta, así como útiles de aseo.

Autorización descargar aqui

AUTORIZACIÓN CONVIVENCIA JUVENIL 2018 en pdf

 

Convivencia Juvenil Parroquial Salamanca 2017

Convivencia Juvenil Parroquial Salamanca 2017

Del Sábado 23 de Septiembre al Domingo 24 de Septiembre en Salamanca

ORGANIZADA POR: Pastoral de Infancia y Juventud de la Parroquia San Francisco Javier de PintoAvda. Antonio López, 20 Tlfno 679597310

TELÉFONO DE CONTACTO E INFORMACIÓN:  679.59.73.10

PARA: Destinada al grupo de jóvenes de entre 13 años en adelante.

Llamar al teléfono para cualquier información y dudas.

—->         AUTORIZACIÓN CONVIVENCIA JUVENIL 2017           <—-

—->     CARTA INFORMATIVA PARA PADRES      <—-

El precio de la actividad es de 35€.

Incluye viaje en autobús de ida y vuelta hasta Salamanca. También incluye el pan para el domingo, ya que toda la comida del fin de semana correrá a cargo de cada participante. Además de llevarse desayuno, comida, merienda y cena de los dos días, también hay que llevar bebida. Imprescindible el saco de dormir, aislante o esterilla. No olvidar útiles de aseo, útiles para la ducha y una muda diaria así como ropa y calzado cómodo.

 

 

 

Algunos puntos para preparar adecuadamente la celebración de la primera comunión

ANTES DE LA PREPARACIÓN DE LA PRIMERA COMUNION

  1. Entre quince días y doce días antes de la comunión tendréis una reunión con la catequista responsable de la comunión. En dicha reunión trataréis principalmente.
  • Todo lo referente a vuestros sitios durante la celebración, tanto para padres como para Padrinos.
  • Si en vuestras familias hay personas con movilidad reducida.
  • Si en vuestras familias hay hermanos pequeños de los niños que hacen la primera comunión.
  • Las últimas cuestiones en torno al fotógrafo de la celebración.
  • Vuestra intervención en la celebración: Lecturas, moniciones, preces, la colecta.
  • Lo referente a la limpieza de la parroquia, según un calendario programado que la catequista os comentará.
  1. En la misma semana de la comunión.
  • Los dos ensayos de los niños previos a la celebración. Os pedimos que no antepongáis nada a estos ensayos. De su buena marcha depende la participación y la belleza del sacramento que vuestros hijos van a celebrar. Si un niño falla entorpece el buen funcionamiento del grupo.
  • La celebración de la penitencia de vuestros hijos y vuestra. Los niños en esa semana de la celebración de la primera comunión se les propone celebrar otra vez el sacramento de la penitencia. El sacramento de la penitencia es un requisito necesario para poder comulgar con vuestros hijos y una forma de acompañarles en sus decisiones. Las celebraciones serán por norma general a las 20.30h tanto en la capilla del Prado como en la Parroquia de la Tenería. La catequista os indicará el día, la hora y el lugar.
  • En el caso del bautizo de un familiar: Es necesario que reciban en esa semana los ritos previos al bautizo, para no alagar la celebración.
  • Los niños que van a hacer la comunión y no están bautizados:
  • Tienen que asistir a la celebración penitencial porque sobre ellos se les da una bendición para que rechacen el mal y asuman los compromisos del bautismo.
  • Tienen que entregar la solicitud del bautismo si no lo han hecho con anterioridad.
  • El sacramento de la penitencian lo harán dos o tres semanas después de la celebración de la primera comunión.
  1. Las flores de la celebración
  • Para guardar una uniformidad en las celebraciones de las primeras comuniones el adorno florar correrá a cargo de la parroquia. Al comienzo de la celebración no están las flores que se sitúan sobre la mesa del altar porque estás son llevadas en la procesión de dones por alguno de vuestros hijos.
  • Las flores de la celebración las pondrá la parroquia teniendo en cuenta la aportación de vuestro donativo.

4. Donativo y colaboración económica con la parroquia con motivo de la primera comunión

  • El sacramento de la primera comunión no cuesta nada ni tiene ninguna tasa.
  • Para colaborar con los gastos de la parroquia en la celebración, en el sostenimiento de la parroquia y en el pago de la hipoteca de la construcción os pedimos que siendo generosos a la medida de vuestras posibilidades entreguéis un donativo a la parroquia. La recomendación a este respecto es como si invitáis a un cubierto a la parroquia en el banquete o la celebración familiar.
  • Después de hacer números y puesto que en vuestro donativo también entra en gasto sobre las flores creemos que una aportación por debajo de 35 euros sería gravosa para la economía parroquial, después de haber estado dos cursos tratando con vuestros hijos.
  • Entendemos alguna situación familiar compleja en la que no se pueda igualar o superar esta cantidad, aunque la cantidad que os recomendamos no es elevada y una mayoría de las familias podrán hacer este esfuerzo.
  • El donativo, que hacéis a la iglesia, puede desgravar el 25% de la cantidad donada en la declaración de la Renta. Por eso la parroquia propone que si donáis desde 50 euros en adelante os podemos dar para la declaración de la Renta un justificante que os permite deduciros el 25% de lo que habéis entregado. Si pensáis en esta posibilidad daremos en el sobre del donativo un formulario para que rellenéis vuestros datos de cara a esta desgravación. Queremos dejar claro que esta propuesta no significa que os pidamos 50 Euros, es solo una manera de ayudaros a vosotros y auxiliar a la parroquia. Esta propuesta es totalmente voluntaria.
  • Procurad que la generosidad de algunos no sea entorpecida por la tacañería de otros.
  • El donativo lo entregaréis en el primer ensayo. Lo haréis a la catequista si no determinamos otra forma. Por favor ayudad a las catequistas en este asunto. Es muy desagradable para ellas que tengan que estar recordando que entreguéis vuestra colaboración.

5. El fotógrafo

  • Deberéis acatar las normas que el fotógrafo os ha propuesto al contratarlo.
  • Nadie os obliga a comprar ningún trabajo. Pero debéis informarlo al fotógrafo contratado.
  • Nadie podrá acercarse al altar, tampoco en la Capilla del Prado, para hacer fotografías.
  • El fotógrafo debe estar acreditado por la parroquia con una tarjeta que le entregaréis.
  • Si no ha trabajado en una comunión en la parroquia es necesario que asistan al segundo
  • Los padres tienen derecho a exigir un fotógrafo profesional consensuado por la mayoría del grupo.
  • Si tenéis algún problema podéis comentarlo a la catequista.
  • Si hay familias con reales dificultades económicas con el tema del fotógrafo os pedimos que lo comentéis a la catequista.

EN LA CELEBRACIÓN

  • Los niños tienen que llegar unos 25 minutos antes y cuarto de hora antes estarán en el sitio que ha dispuesto la parroquia para que sean atendidos por la catequista.
  • El acceso al presbiterio estará limitado a los padres. Salvo estos ningún familiar debe acercarse al altar.
  • Entre todos debemos cuidar el decoro al lugar sagrado y el cuidado de la celebración. Evitando comportamientos no propios a una celebración religiosa o a un acto civil.
  • Las personas con movilidad reducida tendrán un lugar reservado en la parroquia, siempre que lo aviséis con anterioridad. Tened en cuenta que somos sensibles a esta realidad y procuraremos tratarla con el máximo esmero posible, aunque no hayan avisado previamente.
  • Los padres (y padrinos del bautizo) tienen que estar en sus sitios diez minutos antes de la celebración.
  • Los padres (y padrinos del bautizo) una vez que hayan comulgado todos los niños se acercarán a las primeras gradas del presbiterio y comulgaran arriba ante el altar.
  • Para comulgar la Iglesia pide, según el Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica (n. 291).
    • Estar plenamente incorporado a la Iglesia Católica, no estar en situación particular en cuanto a su vida matrimonial.
    • Hallarse en gracia de Dios, es decir, sin conciencia de pecado mortal. Por eso se debe celebrar el sacramento de la Reconciliación (Penitencia) antes de acercarse a comulgar.
    • Espíritu de recogimiento y de oración.
    • La observancia del ayuno prescrito por la Iglesia: una hora antes de comulgar no se puede comer ni beber nada, salvo agua o medicinas.
    • Saber a quién recibimos. Por eso los niños han de recibir la catequesis antes de realizar su Primera Comunión.
    • La actitud corporal (gestos, vestimenta), en señal de respeto a Cristo
  • Como hacemos habitualmente en las misas si alguien, viendo que no cumple estos requisitos, quiere acercarse a recibir la imposición de la mano en la frente y la signación de la santa cruz puede hacerlo haciendo el gesto para ello. También pueden recibir esta bendición los hermanos pequeños.
  • El resto de los familiares comulgarán en la capilla de diario o del Santísimo. La parroquia velará, en todo momento por la integridad de la Eucaristía. Si conocéis algún familiar que comulga habitualmente os agradecemos que le comuniquéis el lugar donde van a recibir la Sagrada Eucaristía.
  • Os pedimos que guardéis el mismo respeto a la hora de haceros fotografías familiares después. La capilla del santísimo no es el lugar para hacer este tipo de fotografías. La delantera del altar, después de cada celebración, tendrá unos cordones o algo similar que lo proteja y que proteja las flores que están en su frente.
  • En las fotografías de familia que se hacen después tened en cuenta la sacralidad de los espacios no se puede utilizar ni el altar, como si fuera mesa para dejar los bolso, ropa… ni en la sede, ni en el ambón.
  • El sacerdote podrá atender a los padres, si fuera estrictamente necesario, y de forma extraordinaria inmediatamente después de una celebración. Habitualmente esta necesidad no suele ocurrir. Los familiares no podrán ser atendidos por el sacerdote, porque tiene que estar atento al desarrollo de la siguiente comunión o en la recogida de los vasos sagrados. Si algún familiar quiere hacer alguna observación que lo haga a la catequista.

Caracteristicas de la familia Cristiana

SANTA MISA DE CLAUSURA DE LA PEREGRINACIÓN
DE LAS FAMILIAS DEL MUNDO A ROMA EN EL AÑO DE LA FEDE

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

https://i0.wp.com/www.periodistadigital.com/imagenes/2014/12/09/el-papa-con-las-familias.jpg

Plaza de San Pedro
 Domingo 27 de octubre de 2013

Lecturas 

  • 35, 15-17, 20-22.
  • Salmo 33
  • 2 Tim. 4, 6-8, 16-18
  • Lc 18, 9-14.

Las lecturas de este domingo nos invitan a meditar sobre algunas características fundamentales de la familia cristiana.

1. La primera: La familia que ora. El texto del Evangelio pone en evidencia dos modos de orar, uno falso – el del fariseo – y el otro auténtico – el del publicano. El fariseo encarna una actitud que no manifiesta la acción de gracias a Dios por sus beneficios y su misericordia, sino más bien la satisfacción de sí. El fariseo se siente justo, se siente en orden, se pavonea de esto y juzga a los demás desde lo alto de su pedestal. El publicano, por el contrario, no utiliza muchas palabras. Su oración es humilde, sobria, imbuida por la conciencia de su propia indignidad, de su propia miseria: este hombre en verdad se reconoce necesitado del perdón de Dios, de la misericordia de Dios.

La del publicano es la oración del pobre, es la oración que agrada a Dios que, como dice la primera Lectura, «sube hasta las nubes» (Si 35,16), mientras que la del fariseo está marcada por el peso de la vanidad.

A la luz de esta Palabra, quisiera preguntarles a ustedes, queridas familias: ¿Rezan alguna vez en familia? Algunos sí, lo sé. Pero muchos me dicen: Pero ¿cómo se hace? Se hace como el publicano, es claro: humildemente, delante de Dios. Cada uno con humildad se deja ver del Señor y le pide su bondad, que venga a nosotros. Pero, en familia, ¿cómo se hace? Porque parece que la oración sea algo personal, y además nunca se encuentra el momento oportuno, tranquilo, en familia… Sí, es verdad, pero es también cuestión de humildad, de reconocer que tenemos necesidad de Dios, como el publicano. Y todas las familias tenemos necesidad de Dios: todos, todos. Necesidad de su ayuda, de su fuerza, de su bendición, de su misericordia, de su perdón. Y se requiere sencillez. Para rezar en familia se necesita sencillez. Rezar juntos el “Padrenuestro”, alrededor de la mesa, no es algo extraordinario: es fácil. Y rezar juntos el Rosario, en familia, es muy bello, da mucha fuerza. Y rezar también el uno por el otro: el marido por la esposa, la esposa por el marido, los dos por los hijos, los hijos por los padres, por los abuelos… Rezar el uno por el otro. Esto es rezar en familia, y esto hace fuerte la familia: la oración.

2 La segunda Lectura nos sugiere otro aspecto: la familia conserva la fe. El apóstol Pablo, al final de su vida, hace un balance fundamental, y dice: «He conservado la fe» (2 Tm 4,7) ¿Cómo la conservó? No en una caja fuerte. No la escondió bajo tierra, como aquel siervo un poco perezoso. San Pablo compara su vida con una batalla y con una carrera. Ha conservado la fe porque no se ha limitado a defenderla, sino que la ha anunciado, irradiado, la ha llevado lejos. Se ha opuesto decididamente a quienes querían conservar, «embalsamar» el mensaje de Cristo dentro de los confines de Palestina. Por esto ha hecho opciones valientes, ha ido a territorios hostiles, ha aceptado el reto de los alejados, de culturas diversas, ha hablado francamente, sin miedo. San Pablo ha conservado la fe porque, así como la había recibido, la ha dado, yendo a las periferias, sin atrincherarse en actitudes defensivas.

También aquí, podemos preguntar: ¿De qué manera, en familia, conservamos nosotros la fe? ¿La tenemos para nosotros, en nuestra familia, como un bien privado, como una cuenta bancaria, o sabemos compartirla con el testimonio, con la acogida, con la apertura hacia los demás? Todos sabemos que las familias, especialmente las más jóvenes, van con frecuencia «a la carrera», muy ocupadas; pero ¿han pensado alguna vez que esta «carrera» puede ser también la carrera de la fe? Las familias cristianas son familias misioneras. Ayer escuchamos, aquí en la plaza, el testimonio de familias misioneras. Son misioneras también en la vida de cada día, haciendo las cosas de todos los días, poniendo en todo la sal y la levadura de la fe. Conservar la fe en familia y poner la sal y la levadura de la fe en las cosas de todos los días.

3. Y un último aspecto encontramos de la Palabra de Dios: la familia que vive la alegría. En el Salmo responsorial se encuentra esta expresión: «Los humildes lo escuchen y se alegren» (33,3). Todo este Salmo es un himno al Señor, fuente de alegría y de paz. Y ¿cuál es el motivo de esta alegría? Es éste: El Señor está cerca, escucha el grito de los humildes y los libra del mal. Lo escribía también San Pablo: «Alegraos siempre… el Señor está cerca» (Flp 4,4-5). Me gustaría hacer una pregunta hoy. Pero que cada uno la lleve en el corazón a su casa, ¡eh! Como una tarea a realizar. Y responda personalmente: ¿Hay alegría en tu casa? ¿Hay alegría en tu familia? Den ustedes la respuesta.

Queridas familias, ustedes lo saben bien: la verdadera alegría que se disfruta en familia no es algo superficial, no viene de las cosas, de las circunstancias favorables… la verdadera alegría viene de la armonía profunda entre las personas, que todos experimentan en su corazón y que nos hace sentir la belleza de estar juntos, de sostenerse mutuamente en el camino de la vida. En el fondo de este sentimiento de alegría profunda está la presencia de Dios, la presencia de Dios en la familia, está su amor acogedor, misericordioso, respetuoso hacia todos. Y sobre todo, un amor paciente: la paciencia es una virtud de Dios y nos enseña, en familia, a tener este amor paciente, el uno por el otro. Tener paciencia entre nosotros. Amor paciente. Sólo Dios sabe crear la armonía de las diferencias. Si falta el amor de Dios, también la familia pierde la armonía, prevalecen los individualismos, y se apaga la alegría. Por el contrario, la familia que vive la alegría de la fe la comunica espontáneamente, es sal de la tierra y luz del mundo, es levadura para toda la sociedad.

Queridas familias, vivan siempre con fe y simplicidad, como la Sagrada Familia de Nazaret. ¡La alegría y la paz del Señor esté siempre con ustedes!

Tres mágicas palabras: Permiso, Gracias Perdón

EXHORTACIÓN APOSTÓLICA POSTSINODAL AMORIS LAETITIA
DEL SANTO PADRE FRANCISCO
19 de marzo, Solemnidad de San José, del año 2016

 Amor que se manifiesta y crece

  1. El amor de amistad unifica todos los aspectos de la vida matrimonial, y ayuda a los miembros de la familia a seguir adelante en todas las etapas. Por eso, los gestos que expresan ese amor deben ser constantemente cultivados, sin mezquindad, llenos de palabras generosas. En la familia «es necesario usar tres palabras. Quisiera repetirlo. Tres palabras: permiso, gracias, perdón. ¡Tres palabras clave!»[132]. «Cuando en una familia no se es entrometido y se pide “permiso”, cuando en una familia no se es egoísta y se aprende a decir “gracias”, y cuando en una familia uno se da cuenta que hizo algo malo y sabe pedir “perdón”, en esa familia hay paz y hay alegría»[133]. No seamos mezquinos en el uso de estas palabras, seamos generosos para repetirlas día a día, porque «algunos silencios pesan, a veces incluso en la familia, entre marido y mujer, entre padres e hijos, entre hermanos»[134]. En cambio, las palabras adecuadas, dichas en el momento justo, protegen y alimentan el amor día tras día.

Notas

[132] Discurso a las Familias del mundo con ocasión de su peregrinación a Roma en el Año de la Fe (26 octubre 2013): AAS (2013), 980.
[133] Ángelus (29 diciembre 2013): L’Osservatore Romano,ed. semanal en lengua española, 3 de enero de 2014, p. 2.
[134] Discurso a las Familias del mundo con ocasión de su peregrinación a Roma en el Año de la Fe (26 octubre 2013): AAS (2013), 978.

PREGUNTAS

  1. ¿Utilizáis muchas veces estas palabras en vuestra relación?
  2. ¿Dais gracias a Dios por vuestro matrimonio?
  3. ¿En qué cosas deberías pedir perdón?
  4. ¿Por qué tenéis que pedir permiso? ¿Te sientes cohibido o que cohíbes? ¿En qué deberías pedir permiso pero no lo hacéis?
  5. Añadirías a estas tres palabras alguna más cuales…

Audiencia general 7 de enero de 2015

MADRE

Audiencia general
7 de enero de 2015

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy continuamos con las catequesis sobre la Iglesia y haremos una reflexión sobre la Iglesia madre. La Iglesia es madre. Nuestra santa madre Iglesia.

En estos días la liturgia de la Iglesia puso ante nuestros ojos el icono de la Virgen María Madre de Dios. El primer día del año es la fiesta de la Madre de Dios, a la que sigue la Epifanía, con el recuerdo de la visita de los Magos. Escribe el evangelista Mateo: «Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron» (Mt 2, 11). Es la Madre que, tras haberlo engendrado, presenta el Hijo al mundo. Ella nos da a Jesús, ella nos muestra a Jesús, ella nos hace ver a Jesús.

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Continuamos con las catequesis sobre la familia y en la familia está la madre. Toda persona humana debe la vida a una madre, y casi siempre le debe a ella mucho de la propia existencia sucesiva, de la formación humana y espiritual. La madre, sin embargo, incluso siendo muy exaltada desde punto de vista simbólico —muchas poesías, muchas cosas hermosas se dicen poéticamente de la madre—, se la escucha poco y se le ayuda poco en la vida cotidiana, y es poco considerada en su papel central en la sociedad. Es más, a menudo se aprovecha de la disponibilidad de las madres a sacrificarse por los hijos para «ahorrar» en los gastos sociales.

Sucede que incluso en la comunidad cristiana a la madre no siempre se la tiene justamente en cuenta, se le escucha poco. Sin embargo, en el centro de la vida de la Iglesia está la Madre de Jesús. Tal vez las madres, dispuestas a muchos sacrificios por los propios hijos, y no pocas veces también por los de los demás, deberían ser más escuchadas. Habría que comprender más su lucha cotidiana por ser eficientes en el trabajo y atentas y afectuosas en la familia; habría que comprender mejor a qué aspiran ellas para expresar los mejores y auténticos frutos de su emancipación. Una madre con los hijos tiene siempre problemas, siempre trabajo. Recuerdo que en casa, éramos cinco hijos y mientras uno hacía una travesura, el otro pensaba en hacer otra, y la pobre mamá iba de una parte a la otra, pero era feliz. Nos dio mucho.

Las madres son el antídoto más fuerte ante la difusión del individualismo egoísta. «Individuo» quiere decir «que no se puede dividir». Las madres, en cambio, se «dividen» a partir del momento en el que acogen a un hijo para darlo al mundo y criarlo. Son ellas, las madres, quienes más odian la guerra, que mata a sus hijos. Muchas veces he pensado en esas madres al recibir la carta: «Le comunico que su hijo ha caído en defensa de la patria…». ¡Pobres mujeres! ¡Cómo sufre una madre! Son ellas quienes testimonian la belleza de la vida. El arzobispo Oscar Arnulfo Romero decía que las madres viven un «martirio materno». En la homilía para el funeral de un sacerdote asesinado por los escuadrones de la muerte, él dijo, evocando el Concilio Vaticano ii: «Todos debemos estar dispuestos a morir por nuestra fe, incluso si el Señor no nos concede este honor… Dar la vida no significa sólo ser asesinados; dar la vida, tener espíritu de martirio, es entregarla en el deber, en el silencio, en la oración, en el cumplimiento honesto del deber; en ese silencio de la vida cotidiana; dar la vida poco a poco. Sí, como la entrega una madre, que sin temor, con la sencillez del martirio materno, concibe en su seno a un hijo, lo da a luz, lo amamanta, lo cría y cuida con afecto. Es dar la vida. Es martirio». Hasta aquí la citación. Sí, ser madre no significa sólo traer un hijo al mundo, sino que es también una opción de vida. ¿Qué elige una madre? ¿Cuál es la opción de vida de una madre? La opción de vida de una madre es la opción de dar la vida. Y esto es grande, esto es hermoso.

Una sociedad sin madres sería una sociedad inhumana, porque las madres saben testimoniar siempre, incluso en los peores momentos, la ternura, la entrega, la fuerza moral. Las madres transmiten a menudo también el sentido más profundo de la práctica religiosa: en las primeras oraciones, en los primeros gestos de devoción que aprende un niño, está inscrito el valor de la fe en la vida de un ser humano. Es un mensaje que las madres creyentes saben transmitir sin muchas explicaciones: estas llegarán después, pero la semilla de la fe está en esos primeros, valiosísimos momentos. Sin las madres, no sólo no habría nuevos fieles, sino que la fe perdería buena parte de su calor sencillo y profundo. Y la Iglesia es madre, con todo esto, es nuestra madre. Nosotros no somos huérfanos, tenemos una madre. La Virgen, la madre Iglesia y nuestra madre. No somos huérfanos, somos hijos de la Iglesia, somos hijos de la Virgen y somos hijos de nuestras madres.

Queridísimas mamás, gracias, gracias por lo que sois en la familia y por lo que dais a la Iglesia y al mundo. Y a ti, amada Iglesia, gracias, gracias por ser madre. Y a ti, María, madre de Dios, gracias por hacernos ver a Jesús. Y gracias a todas las mamás aquí presentes: las saludamos con un aplauso.

Matrimonio y perfección personal: Carta encíclica Casti Connubii del Papa Pio XI Sobre el matrimonio Cristiano

EL MATRIMONIO CRISTIANO
CAMINO DE PERFECCIÓN

CARTA ENCÍCLICA
CASTI CONNUBII
DEL PAPA
PÍO XI
SOBRE EL MATRIMONIO CRISTIANO

31 -XII- 1930

Núm 9 El segundo de los bienes del matrimonio, enumerados, como dijimos, por San Agustín, es la fidelidad, que consiste en la mutua lealtad de los cónyuges en el cumplimiento del contrato matrimonial, de tal modo que lo que en este contrato, sancionado por la ley divina, compete a una de las partes, ni a ella le sea negado ni a ningún otro permitido; ni al cónyuge mismo se conceda lo que jamás puede concederse, por ser contrario a las divinas leyes y del todo disconforme con la fidelidad del matrimonio.

Tal fidelidad exige, por lo tanto, y en primer lugar, la absoluta unidad del matrimonio, ya prefigurada por el mismo Creador en el de nuestros primeros padres, cuando quiso que no se instituyera sino entre un hombre y una mujer. Y aunque después Dios, supremo legislador, mitigó un tanto esta primitiva ley por algún tiempo, la ley evangélica, sin que quede lugar a duda ninguna, restituyó íntegramente aquella primera y perfecta unidad y derogó toda excepción, como lo demuestran sin sombra de duda las palabras de Cristo y la doctrina y práctica constante de la Iglesia. Con razón, pues, el santo Concilio de Trento declaró lo siguiente: que por razón de este vínculo tan sólo dos puedan unirse, lo enseñó claramente Cristo nuestro Señor cuando dijo: “Por lo tanto, ya no son dos, sino una sola carne”[22].

Mas no solamente plugo a Cristo nuestro Señor condenar toda forma de lo que suelen llamar poligamia y poliandria simultánea o sucesiva, o cualquier otro acto deshonesto externo, sino también los mismos pensamientos y deseos voluntarios de todas estas cosas, a fin de guardar inviolado en absoluto el sagrado santuario de la familia: “Pero yo os digo que todo el que mira a una mujer para codiciarla ya adulteró en su corazón” (Mt 5,28) [23]. Las cuales palabras de Cristo nuestro Señor ni siquiera con el consentimiento mutuo de las partes pueden anularse, pues manifiestan una ley natural y divina que la voluntad de los hombres jamás puede quebrantar ni desviar[24].

Más aún, hasta las mutuas relaciones de familiaridad entre los cónyuges deben estar adornadas con la nota de castidad, para que el beneficio de la fidelidad resplandezca con el decoro debido, de suerte que los cónyuges se conduzcan en todas las cosas conforme a la ley de Dios y de la naturaleza y procuren cumplir la voluntad sapientísima y santísima del Creador, con entera y sumisa reverencia a la divina obra.

Esta que llama, con mucha propiedad, San Agustín, fidelidad en la castidad, florece más fácil y mucho más agradable y noblemente, considerado otro motivo importantísimo, a saber: el amor conyugal, que penetra todos los deberes de la vida de los esposos y tiene cierto principado de nobleza en el matrimonio cristiano: «Pide, además, la fidelidad del matrimonio que el varón y la mujer estén unidos por cierto amor santo, puro, singular; que no se amen como adúlteros, sino como Cristo amó a la Iglesia, pues esta ley dio el Apóstol cuando dijo: “Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia” (Ef. 5, 25; cf. Col. 3, 19) [25], y cierto que El la amó con aquella su infinita caridad, no para utilidad suya, sino proponiéndose tan sólo la utilidad de la Esposa»[26]. Amor, decimos, que no se funda solamente en el apetito carnal, fugaz y perecedero, ni en palabras regaladas, sino en el afecto íntimo del alma y que se comprueba con las obras, puesto que, como suele decirse, obras son amores y no buenas razones[27].

Todo lo cual no sólo comprende el auxilio mutuo en la sociedad doméstica, sino que es necesario que se extienda también y aun que se ordene sobre todo a la ayuda recíproca de los cónyuges en orden a la formación y perfección, mayor cada día, del hombre interior, de tal manera que por su mutua unión de vida crezcan más y más también cada día en la virtud y sobre todo en la verdadera caridad para con Dios y para con el prójimo, de la cual, en último término, “depende toda la ley y los profetas” (Mt. 22, 40).[28]. Todos, en efecto, de cualquier condición que sean y cualquiera que sea el género honesto de vida que lleven, pueden y deben imitar aquel ejemplar absoluto de toda santidad que Dios señaló a los hombres, Cristo nuestro Señor; y, con ayuda de Dios, llegar incluso a la cumbre más alta de la perfección cristiana, como se puede comprobar con el ejemplo de muchos santos.

Esta recíproca formación interior de los esposos, este cuidado asiduo de mutua perfección puede llamarse también, en cierto sentido muy verdadero, como enseña el Catecismo Romano[29], la causa y razón primera del matrimonio, con tal que el matrimonio no se tome estrictamente como una institución que tiene por fin procrear y educar convenientemente los hijos, sino en un sentido más amplio, cual comunidad, práctica y sociedad de toda la vida.

Con este mismo amor es menester que se concilien los restantes derechos y deberes del matrimonio, pues no sólo ha de ser de justicia, sino también norma de caridad aquello del Apóstol: “El marido pague a la mujer el débito; y, de la misma suerte, la mujer al marido” (1 Cor. 7, 3.) [30].

NOTAS A PIE DE PÁGINA

[22] Conc. Trid., sess. 24.
[23] Mat. 5, 28.
[24] Cf. Decr. S. Off., 2 mar. 1679, prop. 50.
[25] Eph. 5, 25; cf. Col. 3, 19.
[26] Catech. Rom. 2, 8, 24: Sigúese la Fe que es el segundo bien del matrimonio. No es esta fe aquella virtud que Dios nos infunde cuando recibimos el Bautismo, sino una fidelidad por la cual mutuamente se obliga el marido a la mujer, y la mujer al marido, de modo que entregue el uno al otro el dominio de su cuerpo, y prometa no quebrantar jamás aquel santo compromiso del matrimonio. Esto se deduce fácilmente de aquellas palabras que pronunció Adán cuando recibió a Eva por esposa, las cuales después confirmó Cristo Señor nuestro en el Evangelio: “Por esto dejará el hombre padre y madre, y se unirá a su mujer, y serán dos en una carne” Y también aquel lugar del Apóstol: “No tiene la mujer dominio de su cuerpo sino el marido. Y asimismo no tiene el marido dominio de su cuerpo sino la mujer”.
Por esto justísimamente estaban establecidas por el Señor en la ley antigua gravísimas penas contra los adúlteros, por quebrantar esta fe maridable.
Exige también la fe del matrimonio que el marido y la mujer estén unidos con un singular amor santo y puro, y que se amen mutuamente no como adúlteros, sino como Cristo amó a la Iglesia, pues ésta es la norma que señaló el Apóstol cuando dijo: ―Hombres, amad a vuestras mujeres, como Cristo amó a la Iglesia‖ Ciertamente la amó con caridad inmensa, y no por su provecho, sino mirando solamente a la utilidad de la esposa
[27] Cf. S. Greg. M. Homil. 30 in Evang. (Io. 14, 23-31), n. 1.
[28] Mat. 22, 40.
[29] Cf. Cateches. Rom. 2, 8, 13. Por qué causas se debe contraer el Matrimonio.
También han de declararse las causas por las que deben juntarse el hombre y la mujer. La primera es la misma compañía de ambos sexos, apetecida por instinto de la naturaleza, y formada con la esperanza del auxilio recíproco, de que ayudado el uno por el favor del otro, puedan llevar más fácilmente los trabajos de la vida, y soportar la flaqueza de la vejez.
La segunda es el deseo de la procreación, no tanto para dejar herederos de sus bienes y riquezas, cuanto por educar seguidores de la verdadera fe y religión. Este era el fin que señaladamente se proponían aquellos Santos Patriarcas cuando se desposaban, como podemos ver en las Sagradas Letras. Así, avisando el Ángel a Tobías de qué manera podría rechazar la fuerza del demonio, le dijo: ―Yo te mostraré quiénes son aquellos, contra los cuales puede prevalecer el demonio. Aquellos que toman el matrimonio de suerte que excluyan de sí y de su alma a Dios, y se entrenan a la liviandad como el caballo y el mulo que no tiene entendimiento; sobre éstos tiene potestad demonio”. Luego añadió: “Recibirás la doncella con temor de Dios por amor de los hijos, mas que llevado de liviandad, para que en él linaje de Abraham consigas la hendición en los hijos”. Y esta fué también la causa porque Dios instituyó en el principio del mundo el matrimonio.
[30] 1 Cor. 7, 3.

PREGUNTAS PARA LA REFLEXIÓN EN PAREJA

Señala qué te ha gustado de este texto

  1. ¿En qué cosas tu matrimonio te ayuda a desarrollarte como persona?
  2. ¿Como cuidáis para que vuestro matrimonio no sólo sea un lugar de convivencia y ayuda sino la forma de crecer en la fe y santificaros?
  3. ¿Como te ayudan los hijos para tu crecimiento como persona?
  4. Los fines del matrimonio son el amor y la ayuda mutua, la procreación de los hijos y la educación de estos. (Cfr. CIC no. 1055; Familiaris Consortio nos. 18; 28). Según este texto de Pio XI estos fines nos tienen que llevar a un fin mayor: la santidad, el percionamiento de vida: ¿En qué medida los otros fines principales os ayudan a realizaros como persona?
  5. La ayuda mutua está en orden al prefionamiento del hombre interior. ¿Tu entrega en la total donación de tí mismo crees está ayudando al otro en hacerse mejor persona, mejor creyente, más santo? ¿En qué sí y en qué no?
  6. ¿Qué te dice esta frase: Amor, decimos, que no se funda solamente en el apetito carnal, fugaz y perecedero, ni en palabras regaladas, sino en el afecto íntimo del alma y que se comprueba con las obras, puesto que, como suele decirse, obras son amores y no buenas razones?
  7.  Aunque sea una frase muy fuerte ¿qué es lo que te sugiere?: que no se amen como adúlteros, sino como Cristo amó a la Iglesia.  ¿En qué notas que vuestro amor es singular, es un amor santo?

01 Papa Francisco Audiencia 17 de diciembre 2014 Catequesis Nazaret

NAZARET

Audiencia general
17 de diciembre de 2014

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Sínodo de los obispos sobre la familia, que se acaba de celebrar, ha sido la primera etapa de un camino, que se concluirá el próximo mes de octubre con la celebración de otra asamblea sobre el tema «Vocación y misión de la familia en la Iglesia y en el mundo». La oración y la reflexión que deben acompañar este camino implican a todo el pueblo de Dios. Quisiera que también las habituales meditaciones de las audiencias del miércoles se introduzcan en este camino común. He decidido, por ello, reflexionar con vosotros, durante este año, precisamente sobre la familia, sobre este gran don que el Señor entregó al mundo desde el inicio, cuando confirió a Adán y Eva la misión de multiplicarse y llenar la tierra (cf. Gn 1, 28). Ese don que Jesús confirmó y selló en su Evangelio.

La cercanía de la Navidad enciende una gran luz sobre este misterio. La Encarnación del Hijo de Dios abre un nuevo inicio en la historia universal del hombre y la mujer. Y este nuevo inicio tiene lugar en el seno de una familia, en Nazaret. Jesús nació en una familia. Él podía llegar de manera espectacular, o como un guerrero, un emperador… No, no: viene como un hijo de familia. Esto importante: contemplar en el belén esta escena tan hermosa.

Dios eligió nacer en una familia humana, que Él mismo formó. La formó en un poblado perdido de la periferia del Imperio Romano. No en Roma, que era la capital del Imperio, no en una gran ciudad, sino en una periferia casi invisible, sino más bien con mala fama. Lo recuerdan también los Evangelios, casi como un modo de decir: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?» (Jn 1, 46). Tal vez, en muchas partes del mundo, nosotros mismos aún hablamos así, cuando oímos el nombre de algún sitio periférico de una gran ciudad. Sin embargo, precisamente allí, en esa periferia del gran Imperio, inició la historia más santa y más buena, la de Jesús entre los hombres. Y allí se encontraba esta familia.

Jesús permaneció en esa periferia durante treinta años. El evangelista Lucas resume este período así: Jesús «estaba sujeto a ellos [es decir a María y a José]. Y uno podría decir: «Pero este Dios que viene a salvarnos, ¿perdió treinta años allí, en esa periferia de mala fama?». ¡Perdió treinta años! Él quiso esto. El camino de Jesús estaba en esa familia. «Su madre conservaba todo esto en su corazón. Y Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres» (2, 51-52). No se habla de milagros o curaciones, de predicaciones —no hizo nada de ello en ese período—, de multitudes que acudían a Él. En Nazaret todo parece suceder «normalmente», según las costumbres de una piadosa y trabajadora familia israelita: se trabajaba, la mamá cocinaba, hacía todas las cosas de la casa, planchaba las camisas… todas las cosas de mamá. El papá, carpintero, trabajaba, enseñaba al hijo a trabajar. Treinta años. «¡Pero que desperdicio, padre!». Los caminos de Dios son misteriosos. Lo que allí era importante era la familia. Y eso no era un desperdicio. Eran grandes santos: María, la mujer más santa, inmaculada, y José, el hombre más justo… La familia.

Ciertamente que nos enterneceríamos con el relato acerca del modo en que Jesús adolescente afrontaba las citas de la comunidad religiosa y los deberes de la vida social; al conocer cómo, siendo joven obrero, trabajaba con José; y luego su modo de participar en la escucha de las Escrituras, en la oración de los salmos y en muchas otras costumbres de la vida cotidiana. Los Evangelios, en su sobriedad, no relatan nada acerca de la adolescencia de Jesús y dejan esta tarea a nuestra afectuosa meditación. El arte, la literatura, la música recorrieron esta senda de la imaginación. Ciertamente, no se nos hace difícil imaginar cuánto podrían aprender las madres de las atenciones de María hacia ese Hijo. Y cuánto los padres podrían obtener del ejemplo de José, hombre justo, que dedicó su vida en sostener y defender al niño y a su esposa —su familia— en los momentos difíciles. Por no decir cuánto podrían ser alentados los jóvenes por Jesús adolescente en comprender la necesidad y la belleza de cultivar su vocación más profunda, y de soñar a lo grande. Jesús cultivó en esos treinta años su vocación para la cual lo envió el Padre. Y Jesús jamás, en ese tiempo, se desalentó, sino que creció en valentía para seguir adelante con su misión.

Cada familia cristiana —como hicieron María y José—, ante todo, puede acoger a Jesús, escucharlo, hablar con Él, custodiarlo, protegerlo, crecer con Él; y así mejorar el mundo. Hagamos espacio al Señor en nuestro corazón y en nuestras jornadas. Así hicieron también María y José, y no fue fácil: ¡cuántas dificultades tuvieron que superar! No era una familia artificial, no era una familia irreal. La familia de Nazaret nos compromete a redescubrir la vocación y la misión de la familia, de cada familia. Y, como sucedió en esos treinta años en Nazaret, así puede suceder también para nosotros: convertir en algo normal el amor y no el odio, convertir en algo común la ayuda mutua, no la indiferencia o la enemistad. No es una casualidad, entonces, que «Nazaret» signifique «Aquella que custodia», como María, que —dice el Evangelio— «conservaba todas estas cosas en su corazón» (cf. Lc 2, 19.51). Desde entonces, cada vez que hay una familia que custodia este misterio, incluso en la periferia del mundo, se realiza el misterio del Hijo de Dios, el misterio de Jesús que viene a salvarnos, que viene para salvar al mundo. Y esta es la gran misión de la familia: dejar sitio a Jesús que viene, acoger a Jesús en la familia, en la persona de los hijos, del marido, de la esposa, de los abuelos… Jesús está allí. Acogerlo allí, para que crezca espiritualmente en esa familia. Que el Señor nos dé esta gracia en estos últimos días antes de la Navidad. Gracias.

PREGUNTAS PARA LA REFLEXIÓN EN PAREJA

1. ¿Cuales son las dificultades y los puntos fuertes de vivir el día a día, lo cotidiano, gris lo monotono?
2. ¿Como vives también los tiempos más extraordinarios: salidas, vaciones, excursiones…. que cosas te ayudan como matrimonio?
3. Crees y piensas que tu familia viviendo el día a día estás haciendo algo por la sociedad?¿Consideras que de como depende la eduación de tus hijos estás condicionando su futuro? ¿Esto te afecta te da miedo? ¿Que haces para superarlo?
4. Haces soñar a tus hijos para que vivan una vida en la que tengan grandes ideales? ¿Cómo?
5. ¿Tienes o tenéis una espiritualidad para afrontar lo cotidiano, lo animo, lo gris? ¿Cuáles son los puntos que debería tener esa espiritualidad del día a día?

¿En dónde ponemos nuestra fe?

VIAJE APOSTÓLICO A RÍO DE JANEIRO
CON OCASIÓN DE LA XXVIII JORNADA MUNDIAL
DE LA JUVENTUD

FIESTA DE ACOGIDA DE LOS JÓVENES

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Texto para la reflexión previa

                   ¿De qué sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, pero no tiene obras? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? …Pero alguno dirá: Tú tienes fe y yo tengo obras, muéstrame tu fe sin las obras, y yo con mis obras te mostraré la fe. Tú crees que hay un solo. Haces bien. Hasta los demonios lo creen, y tiemblan. ¿Quieres enterte insentato de que la fe sin las obras es inútil? (Sant 2, 14.18-20).

               7. b En la fe, don de Dios, virtud sobrenatural infusa por él, reconocemos que se nos ha dado un gran Amor, que se nos ha dirigido una Palabra buena, y que, si acogemos esta Palabra, que es Jesucristo, Palabra encarnada, el Espíritu Santo nos transforma, ilumina nuestro camino hacia el futuro, y da alas a nuestra esperanza para recorrerlo con alegría. Fe, esperanza y caridad, en admirable urdimbre, constituyen el dinamismo de la existencia cristiana hacia la comunión plena con Dios. ¿Cuál es la ruta que la fe nos descubre? ¿De dónde procede su luz poderosa que permite iluminar el camino de una vida lograda y fecunda, llena de fruto?

(Carta Encíclica Lumen fidei del sumo Pontífice Francisco)

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Queridos jóvenes:

“Qué bien se está aquí”, exclamó Pedro, después de haber visto al Señor Jesús transfigurado, revestido de gloria. ¿Podemos repetir también nosotros esas palabras? Pienso que sí, porque para todos nosotros, hoy es bueno estar aquí hoy, en torno a Jesús. Él es quien nos acoge y se hace presente en medio de nosotros, aquí en Río. Y en el Evangelio hemos también escuchado las palabras del Padre: “Éste es mi Hijo, el escogido, escúchenlo” (Lc 9,35). Por tanto, si por una parte es Jesús el que nos acoge; por otra, también nosotros queremos acogerlo, ponernos a la escucha de su palabra, porque precisamente acogiendo a Jesucristo, Palabra encarnada, es como el Espíritu nos transforma, ilumina el camino del futuro, y hace crecer en nosotros las alas de la esperanza para caminar con alegría (cf. Carta enc. Lumen fidei, 7).

Pero, ¿qué podemos hacer? “Bota fé – Poné fe”. La cruz de la Jornada Mundial de la Juventud ha gritado estas palabras a lo largo de su peregrinación por Brasil. ¿Qué significa “Poné fe”? Cuando se prepara un buen plato y ves que falta la sal, “pones” sal; si falta el aceite, “pones” aceite… “Poné”, es decir, añadir, echar. Lo mismo pasa en nuestra vida, queridos jóvenes: si queremos que tenga realmente sentido y sea plena, como ustedes desean y merecen, les digo a cada uno y a cada una de ustedes: “Poné fe” y tu vida tendrá un sabor nuevo, la vida tendrá una brújula que te indicará la dirección; “Poné esperanza” y cada día de tu vida estará iluminado y tu horizonte no será ya oscuro, sino luminoso; “poné amor” y tu existencia será como una casa construida sobre la roca, tu camino será gozoso, porque encontrarás tantos amigos que caminan contigo. ¡Poné fe, poné esperanza, poné! Todos juntos: «Bote fé», «bote esperanza», «bote amor».

Pero, ¿quién puede darnos esto? En el Evangelio escuchamos la respuesta: Cristo. “Éste es mi Hijo, el escogido, escúchenlo”. Jesús nos trae a Dios y nos lleva a Dios, con él toda nuestra vida se transforma, se renueva y nosotros podemos ver la realidad con ojos nuevos, desde el punto de vista de Jesús, con sus mismos ojos (cf. Carta enc. Lumen fidei, 18). Por eso hoy les digo a cada uno de ustedes: “Poné a Cristo” en tu vida y encontrarás un amigo del que fiarte siempre; “poné a Cristo” y vas a ver crecer las alas de la esperanza para recorrer con alegría el camino del futuro; “poné a Cristo” y tu vida estará llena de su amor, será una vida fecunda. Porque todos nosotros queremos tener una vida fecunda. Una vida que dé vida a otros.

Hoy nos hará bien a todos que nos preguntásemos sinceramente, que cada uno piense en su corazón: ¿En quién ponemos nuestra fe? ¿En nosotros mismos, en las cosas, o en Jesús? Todos tenemos muchas veces la tentación de ponernos en el centro, de creernos que somos el eje del universo, de creer que nosotros solos construimos nuestra vida, o pensar que el tener, el dinero, el poder es lo que da la felicidad. Pero todos sabemos que no es así. El tener, el dinero, el poder pueden ofrecer un momento de embriaguez, la ilusión de ser felices, pero, al final, nos dominan y nos llevan a querer tener cada vez más, a no estar nunca satisfechos. Y terminamos empachados pero no alimentados, y es muy triste ver una juventud empachada pero débil. La juventud tiene que ser fuerte, alimentarse de su fe, y no empacharse de otras cosas. ¡“Poné a Cristo” en tu vida, poné tu confianza en él y no vas a quedar defraudado! Miren, queridos amigos, la fe en nuestra vida hace una revolución que podríamos llamar copernicana, nos quita del centro y pone en el centro a Dios; la fe nos inunda de su amor que nos da seguridad, fuerza y esperanza. Aparentemente parece que no cambia nada, pero, en lo más profundo de nosotros mismos, cambia todo. Cuando está Dios en nuestro corazón habita la paz, la dulzura, la ternura, el entusiasmo, la serenidad y la alegría, que son frutos del Espíritu Santo (cf. Ga 5,22), entonces y nuestra existencia se transforma, nuestro modo de pensar y de obrar se renueva, se convierte en el modo de pensar y de obrar de Jesús, de Dios. Amigos queridos, la fe es revolucionaria y yo te pregunto a vos, hoy: ¿Estás dispuesto, estás dispuesta a entrar en esta onda de la revolución de la fe? Sólo entrando tu vida joven va a tener sentido y así será fecunda.

Querido joven, querida joven: “Poné a Cristo” en tu vida. En estos días, Él te espera: Escúchalo con atención y su presencia entusiasmará tu corazón. “Poné a Cristo”: Él te acoge en el Sacramento del perdón, con su misericordia cura todas las heridas del pecado. No le tengas miedo a pedirle perdón, porque Él en su tanto amor nunca se cansa de perdonarnos, como un padre que nos ama. ¡Dios es pura misericordia! “Poné a Cristo”: Él te espera también en la Eucaristía, Sacramento de su presencia, de su sacrificio de amor, y Él te espera también en la humanidad de tantos jóvenes que te enriquecerán con su amistad, te animarán con su testimonio de fe, te enseñarán el lenguaje del amor, de la bondad, del servicio. También vos, querido joven, querida joven, podés ser un testigo gozoso de su amor, un testigo entusiasta de su Evangelio para llevar un poco de luz a este mundo. Dejate buscar por Jesús, dejate amar por Jesús, es un amigo que no defrauda.

“Qué bien se está aquí”, poniendo a Cristo, la fe, la esperanza, el amor que él nos da, en nuestra vida.  Queridos amigos, en esta celebración hemos acogido la imagen de Nuestra Señora de Aparecida. A María le pedimos que nos enseñe a seguir a Jesús. Que nos enseñe a ser discípulos y misioneros. Como ella, queremos decir “sí” a Dios. Pidamos a su Corazón de Madre que interceda por nosotros, para que nuestros corazones estén dispuestos a amar a Jesús y a hacerlo amar. Queridos jóvenes, ¡Jesús nos espera. Jesús cuenta con nosotros! Amén.

Preguntas

¿Vives la fe, la esperanza y el amor en tu día a día?
¿Qué cosas pone tristeza en tu vida?
¿Pones a Cristo en lo que haces?
¿Cuándo fue la última vez que le pediste perdón en el sacramento de la penitencia?
¿En qué ponemos nuestra fe? ¿En que ponemos lo mejor de nosotros mismos?

Dos consideraciones más del papa Francisco

  1. Jesús es el centro de la creación; y así la actitud que se pide al creyente, que quiere ser tal, es la de reconocer y acoger en la vida esta centralidad de Jesucristo, en los pensamientos, las palabras y las obras. La pérdida de este centro, al sustituirlo por otra cosa cualquiera, solo provoca daños, tanto para el ambiente que nos rodea como para el hombre mismo. (Hom de la clausura del año de la fe  24 nov 2013)
  2. La esperanza es un poco como la levadura, que ensancha el alma; hay momentos difíciles en la vida, pero con la esperanza el alma sigue adelante y mira a lo que nos espera. Hoy es un día de esperanza. (SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS HOMILÍA 1 de noviembre de 2013)